Para proteger el taller de bordado que dejó su madre, se vio forzada a aceptar el matrimonio de su hija ilegítima con el tercer príncipe, a quien todos creían con problemas mentales. Pero su mayor herida venía de hace tres años: se había enamorado del nuevo maestro de la mansión y lo había seguido con total franqueza, ignorando las habladurías. A cambio, solo obtuvo frialdad, distancia y el desprecio de toda la ciudad. Cuando por fin descubre su verdadera identidad, entiende que él era el segundo príncipe y que se había ocultado en la mansión por amor a la hermana de su concubina; al final, lo que ella llamó amor resultó ser una amarga ironía.